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Finalizar una obra,
un discurso, una
novela o una
película requiere de
gran dosis de
creatividad y al
mismo tiempo de
habilidad para
redondear la idea
esencial o proyectar
la imagen exacta que
ha venido vibrando a
través de la pieza.
Pero no son sólo las
palabras o las ideas
las que dan ese
final tan buscado y
no siempre obtenido,
sino también el tono
definitivo, la
presencia de una
imagen tan
impactante que se
queda con nosotros
al final de una
película o de una
arenga. Cuando se
trata de un
discurso, es posible
que las palabras no
tengan un
significado
definitivo o
conocido, pero la
persona que las
pronuncia puede
darles esa
solemnidad y la
magia necesarias.
Éste es el caso con
“Debellare Superbos”,
que Ettore,
personaje
inolvidable
de El Leoncavallo
utiliza al final de
un discurso, de una
celebración o de una
despedida.
“Debellare Superbos”,
parte de la frase
utilizada por Eneas
al dirigirse al
pueblo romano en
La Eneida,
y tiene un
significado de
desafío y de
desprecio hacia los
arrogantes,
incitando al pueblo
para que éstos sean
desenmascarados y
derrotados.
“Debellare Superbos”
se convierte en el
leit motif de la
novela de Roberto
Quezada. Es el punto
final, el “he
dicho”, o
simplemente la nota
clímax de una gran
sinfonía, pero
además, es también
la esperanza de que
un día “los
arrogantes” serán
vencidos.
El Leoncavallo (…del
amor trunco)
es una novela
postmodernista,
híbrida y excitante.
Roberto Quezada me
impresiona por ser
polifacético en su
rica capacidad
artística; y en la
novela, todo esto
sale a luz: el ritmo
de la música en los
diferentes momentos
de la historia, las
imágenes dentro de
la integrada
composición, y una
narración movida y
desgarrada. El
libro, ganador del
Premio Novela en los
Juegos Florales de
San Salvador en el
año 2000, llegó a
mis manos hace unos
dos años, pero por
la permanente y
continua demanda de
mi trabajo
académico, había
estado posponiendo
su lectura, con la
idea de que en la
siguiente vacación
lo leería. La
ocasión se dio de
maravillas este año,
durante un retiro
artístico en el que
el tema era el hacer
arte y por las
noches, sin familia
ni tareas de
corrección de
pruebas o
preparación de
clases, ni
television, las
horas eran propicias
para leer el libro
que escogí para
llevar conmigo:
El Leoncavallo.
El Centro
Leoncavallo, núcleo
donde se desarrolla
la novela, es un
lugar histórico ya
que nació de una
ocupación que un
grupo de socialistas
y anarquistas
milaneses hicieron
en un local
propiedad del
gobierno italiano en
Octubre de 1975.
Desde esa fecha el
centro social se
convirtió en un
lugar de ayuda
popular en forma de
consultorio médico,
biblioteca,
espectáculos
culturales, debates,
y por supuesto,
lugar sujeto a la
vigilancia de la
policía secreta para
asuntos políticos de
Italia. El personaje
principal es
Guillermo, que puede
ser cualquiera de
los miles de
compatriotas que
dejaron El Salvador
durante los años de
violencia y
persecución, pero es
Ettore, el
anarquista
empedernido y
solidario con
Centroamérica, el
que nos atrapa con
sus acciones, su
discurso desafiante
y su estremecedor
“Debellare Superbos”.
La prosa de Roberto
es de mucho color,
picardía y humor
salvadoreño de cara
de callo ante el
dolor y la tragedia.
Todo el sentimiento
acumulado ante las
atrocidades que
vivimos antes y
durante la guerra es
dado rienda suelta
como necesario punto
de partida para
comenzar el proceso
de sanación.
Nosotros los
salvadoreños
arrancados del
feudalismo y
arrastrados desde
nuestro trópico y
sus bárbaras
injusticias, hemos
sido
contradictoriamente
forzados a vivir en
el hielo y en la
abundancia cultural,
ya sea en Suecia,
Italia o Estados
Unidos. Esta
experiencia nos hace
dar el brinco de
convertirnos en
postmodernistas como
escritores y
artistas, sin haber
sabido de la
modernidad en
nuestro ambiente de
siglo XIX de donde
venimos. Al
postmodernismo
experimentado con la
vivencia en lugares
tan diferentes a
nuestro pobrecito
tercer mundo, como
Suecia e Italia, se
une un sentimiento
común de solidaridad
humana que el
personaje Guillermo
encuentra y vive
con tanta suerte.
En la novela hay
diferentes lenguas y
sublenguas, desde el
italiano permeado
con lo coloquial
hasta lo popular
lleno de modismos en
el salvadoreñísimo
español. Roberto
sigue los pasos de
García Márquez en
El otoño del
Patriarca con
diferentes
narradores y voces
mezcladas, con
tiempos y escenas
que se narran
paralelas creando
suspenso en la
lectura. Este hacer
arte desde lo
terrible como nos lo
enseñara Goya con
sus escenas de
Guerra y muerte,
crea otro tipo de
belleza en esta
estética del dolor.
Y es que al leer
esta novela sufrimos
nuevamente lo ya
vivido, pero también
reímos con los
dichos, expresiones
y ocurrencias
populares. Roberto
Quezada nos va
arrojando a la cara
momentos críticos
sin darnos pistas,
sorprendiéndonos con
esa habilidad de los
grandes escritores
como el sudafricano
J.M. Coetzee.
Al abrirnos las
heridas que creíamos
empezaban a sanar,
Roberto Quezada nos
dice que la memoria
no puede perderse y
que debemos vivir
entre la pesadilla
del pasado y el
presente. ¡Vivir
como sea! Es una
esperanza, una
rendija abierta al
futuro que otros,
más afortunados,
verán. A nosotros
solamente nos queda
imitar a Ettore, ese
barbudo pelirrojo
con su pata de palo
cerrando su discurso
con el detonante y
mágico: “Debellare
Superbos." |